Pensé durante algún tiempo cuál debía ser el primer escrito de este blog. Y, después de darle algunas vueltas, lo vi de frente. Claro que no podía ser otro que este: ¿De dónde coger?

No por el nombre del blog, sino por la pregunta.

Hay momentos en los que voy finalizando un libro y ya alguien me está recomendando otro. Después aparece un podcast, una conferencia, una nueva filosofía de vida, una rutina para despertar súper activa, una práctica para conectar conmigo, una historia de éxito que promete haber encontrado el camino correcto.
¿El camino correcto? ¿A dónde?

Creo que nunca antes había tenido tanta información disponible al alcance de la mano y, sin embargo, seguía sintiendo que nada terminaba de convertirse en algo que fuese verdaderamente mío.
No porque toda esa información sea mala. Al contrario. Muchas cosas me han ayudado. He encontrado libros que cambiaron mi forma de mirar el mundo, conversaciones que llegaron en el momento justo y prácticas que me hicieron detenerme un poco más.

Lo que empecé a preguntarme fue otra cosa.

¿Qué pasa cuando buscamos tanto afuera que dejamos de escuchar lo que ocurre adentro?
Después de acercarme al yoga, leer sobre budismo, interesarme por la manera en que viven personas de diferentes culturas, probar terapias alternativas y otras más tradicionales, entre muchas otras prácticas, descubrí algo que, al menos para mí, ha resultado mucho más valioso que encontrar una respuesta definitiva.

Ninguna de esas cosas era, en sí misma, mi respuesta. Pero todas tenían algo en común. De una u otra forma, me devolvían a mí.
Me hacían detenerme.
Me enfrentaban a eso que muchas veces prefería no mirar.
Me obligaban a estar presente.
A observar cómo estaba ese día.
Sin exigirme sentirme mejor.
Sin obligarme a convertirme en alguien distinta.
Solo estando.

Quizá vivir no consiste en alcanzar un estado permanente de bienestar. Quizá consiste en aceptar que habrá días maravillosos y otros profundamente oscuros.
Que ambos son la vida.
Ambos cuentan.
Ambos pasan.

Creo que basta con tener la suficiente paciencia para mirar un árbol durante un año y entender que la naturaleza nunca permanece igual.
Nosotros tampoco.

Aún no tengo respuestas y tal vez nunca las tenga.
Pero escribir se ha convertido en la manera que encontré para detenerme un momento frente a las preguntas.

Hay pensamientos que, mientras permanecen solo en mi cabeza, son difíciles de sostener. Escribir no siempre los aclara, pero les da un lugar. Dejan de ser únicamente ruido o niebla y se vuelven algo que puedo mirar con un poco más de calma.

Este blog no es un lugar para encontrar respuestas.
Por el contrario, sospecho que aquí podrían aparecer muchas más.
Tampoco es un lugar para aprender a vivir.
¿Aprender a vivir? ¿Acaso tiene algún sentido eso?

Quizá sea solo un lugar donde algunas preguntas puedan quedarse un poco más.
Y, si alguna vez una de ellas también ha pasado por tu cabeza, ojalá aquí encuentres compañía mientras la seguimos explorando.

Deja tu huella

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Es esencial saber un poco de ti*.

Scroll to Top