Crecí con un montón de miedos heredados.
“No dé papaya, porque a papaya puesta, papaya partida.”
“Al que madruga, Dios le ayuda.”


Pero si llegaba tarde:
“Ojo por ahí.”


Son frases que parecen pequeñas, pero las repetimos tanto que dejan de sonar como consejos y, en algún punto, se convierten en la forma en que miramos el mundo.
Siempre me ha costado aceptar algunas cosas “normales” como normales.


Y seguramente sí, no todo es como lo pintan.
Existen personas que buscan aprovecharse.
Pero vivir mirando el mundo constantemente a la defensiva tampoco me parece una forma agradable de habitarlo.


Quizá confiar pueda salvar muchas cosas.
Confiar en la bondad de las personas.
Porque, aunque pocas veces hablemos de ello, también abunda.

Durante mucho tiempo esos dichos ocuparon tanto espacio en mi cabeza que apenas dejaban lugar para creer en lo contrario.
En dejarme ayudar.
En aceptar un gesto amable sin preguntarme qué esperaba la otra persona a cambio.
Porque, sin darnos cuenta, seguimos esperando que algo salga mal. Hasta para eso tenemos un dicho: ¿qué puede malir sal?


Con el tiempo, y con mucha disposición para mirar el mundo de otra manera, he descubierto algo que, debo confesar, todavía me sorprende.
Las personas dispuestas a ayudar abundan mucho más de lo que imaginaba.
Solo que solemos recordar con mucha más fuerza las excepciones.


Cuando dejo a un lado los prejuicios y me permito conocer un poco la historia del otro, muchas cosas empiezan a cobrar un sentido diferente.
Entonces aparecen frases que también crecieron con nosotros.
“Donde comen dos, comen tres.”
“Al que ayuda, Dios le ayuda.”
“Pa’ las que sea.”


Y me doy cuenta de que nuestra cultura también está llena de relatos sobre la generosidad.
Porque, aunque hablemos mucho menos de ella, también abunda.


Decido creer que de eso tan bueno sí dan tanto.
Que la confianza también puede aprenderse.
Que la manera en la que decidimos mirar a los demás termina transformando el mundo que habitamos.
Porque, al fin y al cabo, muchas cosas dependen de quien las observa.
Cambiar algunos de mis pensamientos ha transformado profundamente la manera en la que miro el mundo. Me ha recordado, una y otra vez, que no soy todo lo que pienso.
Y que también puedo elegir.
Elegir confiar.
No porque sea un hecho, sino porque yo decidí creer en ella.

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